domingo, 22 de febrero de 2015

MEDIAPOLIS & TELEVISON PEOPLE


La gente de la tele, es un término que sirve para definir a un amplio sector de la sociedad que forma sus opiniones políticas en base a los contendidos, noticias, opiniones, emociones…  que engulle a través de la televisión.
No es fácil de cuantificar este sector, ni tampoco definir sus características sociológicas. Además, se argumenta -con razón-  que el tele espectador no recibe de forma absolutamente acrítica los contenidos televisivos, sino que dispone de ciertos filtros, basados en la posibilidad de contraste con otros emisores de información, y  con su propia realidad, así como  la de sus vecinos, amigos, familiares…
Sin embargo, parece evidente que de una manera indirecta, compleja, y a veces contradictoria, las grandes cadenas de televisión  sí son capaces de influir de manera muy decisiva en las opiniones, y en el voto, de amplias mayorías sociales.
El uso cada vez mayor de las redes sociales y de los medios en internet, la aparición de medios alternativos y periodistas críticos en medios convencionales… no han conseguido descabalgar por ahora el poder casi hegemónico de la televisión como creadora de opinión dentro de mediápolis: la ciudad mediada, producto de la creciente virtualización de la realidad.
Sobre mediápolis, hay que empezar por definir su carácter plutocrático; o, más bien,  destacar que es un elemento  clave del sistema plutocrático.

No en vano, la inmensa mayoría de los grandes medios responden a  ciertos intereses económicos o de poder. O, mejor dicho, son capaces de construir consensos generales dentro de una amalgama de intereses particulares a veces en disputa. Siempre en aras del mantenimiento de un sistema de privilegios para las élites económicas y políticas -altamente unificadas- que actualmente detentan el poder con mayúsculas en nuestras sociedades.
De esa forma, la triada  partidos/medios/empresas sigue funcionando a toda máquina delimitando el terreno de juego de lo social, lo político y lo económico. Con la estimable ayuda de la pretendida justicia, y el poder institucionalizado y burocratizado de la academia.
Huelga decir, que  mediápolis  es mucho más que televisión, pues incluye las distintas industrias del espectáculo, grandes editoriales, industria del porno, videojuegos, publicidad, internet… configurando de una manera fluida y compleja la conocida como sociedad del espectáculo; tal y como ya la definieran los situacionistas en el siglo pasado.
Por tanto, no debemos olvidar, que aunque la televisión generalista sigue siendo  pieza clave de mediápolis, no es la única sino que en ésta se incluyen nuevos y viejos medios. 
No hay más que ver cómo otras piezas del conglomerado, tan antiguas como la radio y la prensa escrita, siguen gozando de gran influencia, sobre todo en el ámbito local.
Pero, tal vez, algunos  ejemplos puedan ayudarnos a comprender mejor el funcionamiento de la ciudad mediada: un funcionamiento fluido (o líquido) complejo y contradictorio; y  su influencia sobre televisión people.  
En una ciudad mediana como Vitoria, u otras ciudades de nuestro entorno,  vemos como la conjunción de poder político y mediático locales (en el caso vitoriano la conexión PP/VOCENTO) consigue una notable influencia en la percepción de amplias capas de la población sobre un tema sensible: las personas migrantes y las ayudas sociales.
Una estrategia comunicativa, clara, repetida, y continuada en el tiempo (difundida  no tanto a través de los grandes medios masivos sino de los medios locales hegemónicos) ha conseguido transformar un malestar difuso causado por la crisis y el recelo hacia los forasteros en  un discurso basado en  el racismo y la xenofobia.
En casos como este, las sucursales locales de mediápolis son capaces de romper con un consenso previo a nivel global: el discurso políticamente correcto de la multiculturalidad, para transformarlo en un discurso xenófobo y racista. Esta transformación del imaginario colectivo se lleva a cabo para favorecer los intereses políticos de los dueños de los medios y sus correlatos partidarios.
Para conseguirlo, se utilizan  las hipocresías e inconsistencias del discurso en que se basaba ese consenso políticamente correcto (la multiculturalidad) como arietes para dinamitarlo y así lanzar (en un primer momento  a nivel local) el nuevo discurso;  utilizando, además, la defensa retórica de cierto particularismo localista para justificarlo.
Esto se consigue, como hemos visto,  con la construcción de un imaginario colectivo donde el islam en particular, y las personas migrantes en general, se constituyen en el enemigo (en este caso enemigo interior) culpable de todos los males de la crisis y la desmoralización social.
Un discurso que, poco a poco, abandona el nivel de lo local, y va ganando enteros en la mediápolis globalizada,  a la par del éxito de los partidos xenófobos e islamófobos en cada vez más países occidentales; y  a la par también del ascenso de las políticas securócratas en la mayoría de esos países.   
En las antípodas políticas de esta corriente autoritaria, hay  otro ejemplo que está en la mente de todos y que tiene que ver también con mediápolis: la fulgurante ascensión de Podemos.
Es indudable la  importancia que ha tenido la repetida aparición de algunos de los  líderes de Podemos  en determinadas televisiones para su notable éxito político.
Podemos, ha sabido utilizar las luchas de intereses al interior de las élites, agudizadas por la crisis y la deslegitimación progresiva del andamiaje político,   para introducir en los medios un mensaje relativamente rupturista que ha calado en televisión people.
¿Cómo ha sido posible semejante fenómeno?
Para empezar, es necesario aclarar que -a pesar de la propaganda al respecto de algunas estrellas del periodismo-  parece claro que el fenómeno no se ha debido a una presunta y repentina democratización de mediápolis.
La explicación, por el contrario,  es mucho más compleja.
Se ha hablado, por una parte, de un intento por parte  del PP de debilitar al  “eterno rival” (o a la izquierda clásica)   fomentando una competencia a la que en un principio no se tomó demasiado en serio.  Seguramente, algo de esto ha habido, aunque tampoco explica en su totalidad el ascenso de Podemos.
También la guerra por las audiencias entre las grandes cadenas rivales ha tenido su influencia. Podemos suministraba cotas de audiencia nunca vistas, y esto excitó a los propietarios de ciertas empresas mediáticas hasta el punto de subestimar el peligro que podía suponer para sus intereses, e incluso para el propio sistema plutocrático, encumbrar un partido que podía cuestionar su hegemonía.   
Al fin y al cabo, ellos movían los hilos de mediápolis -pensaron- y de la misma forma en que habían creado “el monstruo”, igual  podían destruirlo; o cuando menos domesticarlo. De hecho, saber si son capaces de hacerlo o no es una pregunta todavía sin respuesta, aunque todo indica que lo están intentando de forma denodada.
A nadie se le escapa, tampoco, que el terreno estaba abonado. La depresión económica, la crisis del bipartidismo,  la descomposición del régimen a nivel territorial, la crisis de la monarquía, la corrupción rampante…han sido, obviamente, condición del éxito mediático del discurso de Podemos.
Sin embargo, incluso en esas condiciones, los dueños de mediápolis habrían podido canalizar el descontento de manera más inofensiva para sus intereses, si no hubiera sido por la creciente  irrupción de movimientos sociales (resistentes y resilentes) en los últimos años.
En mi opinión,  ha sido, sobre todo,  la aparición -fuera y dentro del foco mediático- de  movimientos sociales  auto organizados la que ha posibilitado el auge de Podemos como fuerza política relevante. Sin esos movimientos sociales la sobreexposición mediática de los líderes de Podemos hubiera quedado en una anécdota sin consecuencias prácticas.  
En cualquier caso, ambos ejemplos nos sirven para entender que mediápolis no es un ente monolítico y omnipotente. Sino un complejo entramado de poderes que interactúan creando componendas y consensos de forma fluida y a veces contradictoria.  
Es posible, por tanto,  aprovechar sus  contradicciones internas.  Introducir mensajes de ruptura en sus periferias (redes sociales, medios en internet, mensajería en la red) todavía no tan controladas como sus centros neurálgicos. O en  viejos solares abandonados  por su pretendida obsolescencia (radios, fanzines, panfletos escritos, carteles)
Podemos introducirnos a través de las grietas de sus murallas y  sus canales subterráneos para iniciar la  conquista de mediápolis. O por lo menos podemos intentarlo.
Sin embargo,  haríamos mal si fiáramos todas nuestras esperanzas y esfuerzos a esta conquista; que, siendo importante, sólo servirá si somos capaces de concebir y construir otra sociedad fuera y radicalmente distinta de la que mediápolis representa.
Sería un profundo error reducir nuestras luchas a la conquista de mediápolis con el único objetivo de ganar las elecciones.
La construcción de contrapoderes populares, de nuevas formas de relación social, económica, política… En suma, de nuevas formas de vida en común, no pueden esperar a la conquista de mediápolis, ni a la toma de ningún palacio de invierno político.
Debemos, por el contrario, acometerlas cuanto antes, sin esperar a nada ni a  nadie. Hala Bedi.

Juan Ibarrondo 


 





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