sábado, 5 de enero de 2013

EL LENGUAJE DEL PODER


 Según el psicólogo Carlos Beristain, una de las consecuencias más perniciosas de los conflictos armados es la perversión del lenguaje. El lenguaje pierde su sentido de comunicar y mediar para convertirse en un arma. Así, poco a poco, el lenguaje se aleja del sentido común, llegando a perder las palabras su significado original.
Es una secuela difícil de superar, y todavía la vemos hoy presente en nuestro país. A veces tal vez sin intención y otras con toda la intención del mundo.
Decía estos días un representante del PNV, que no acudirán a la manifestación del 12 de enero. Utilizaba como argumento que ellos no comparten la idea de ejercer “presión” al gobierno con manifestaciones callejeras.
La palabra “presión”, que en un contexto normalizado no tiene porque tener connotaciones negativas, en este país todavía las tiene. Connotaciones que se acercan más al sentido de  “coacción” que al de “expresión”: un término, por cierto, que casa muy bien con “libertad”, al igual que la palabra “presión” puede convertirse fácilmente en “represión” con sólo añadirle dos letras.



En la manifestación del 12 de enero, la sociedad vasca “expresará” su voluntad mayoritaria de que se respeten los derechos de las personas presas a consecuencia del conflicto político. Ejercerá de esa forma su derecho a la “libertad de expresión” y corresponderá a los responsables políticos -en especial a los gobiernos de Madrid y París- tener en cuenta esa demanda libremente expresada. Sería deseable, además, que no la considerasen como una coacción sino como una apelación democrática en favor de la paz. Pues la participación de la sociedad civil nunca es un obstáculo sino una de las  claves en la resolución de los conflictos.  
Los promotores de la manifestación del 12 de enero han hecho un esfuerzo importante para reforzar el carácter plural de sus reivindicaciones, y también en la manera de expresarlas. Se han centrado en unos mínimos de consenso, basados en el respeto a los derechos humanos de las personas presas y en el fin de las políticas de excepcionalidad.
Se trata, por tanto, de un esfuerzo importante en la construcción de la paz. También a través de la construcción de un lenguaje integrador, que tiende puentes, que trata de conseguir acuerdos entre diferentes… en suma un lenguaje de paz. En mi opinión, es necesario valorar ese esfuerzo sin caer en viejos clichés partidistas.
Hemos visto, últimamente, algunos pasos positivos en este sentido de acercar posturas: la moción del ayuntamiento de Gasteiz para la excarcelación de presos enfermos, el homenaje a todas las víctimas del consistorio donostiarra…, y la manifestación del 12 de enero podría ser también un paso importante en ese sentido.
Sin embargo, parece que todavía las inercias del pasado pesan demasiado como para compartir pancarta; aunque sea para algo tan básico como la defensa de los derechos humanos. Pero no debemos olvidar que la sociedad civil  suele ir por delante de las decisiones de las ejecutivas de los partidos y los gobiernos de turno. La manifestación del 12 de enero será clarificadora  a ese respecto.
Por el contrario, lenguaje de guerra es denominar “enaltecimiento del terrorismo” al hecho de que  una madre enarbole el retrato de su hijo para solicitar que se respeten sus derechos. Llamar terrorismo a la solidaridad y en consecuencia criminalizar al solidario. De la misma manera que se quiere criminalizar también a quién acoja en su casa a un emigrante sin papeles. En ambos casos, en la neo lengua del poder, la “solidaridad” se convierte en  “complicidad criminal”.
De esta forma, la utilización del lenguaje se convierte en una estrategia para justificar la guerra. Tal y como relataba Orwell en su novela “1984”. Como cuando llaman a la tortura “abuso policial excepcional”, porque cuando lo excepcional se reproduce una y otra vez deja de serlo y se convierte en “represión”. Es decir, en “doble presión, sistemática, excesiva, inhumana…” contra “la libre expresión” de los deseos de un pueblo.
Durante un tiempo, para los que luchaban con las armas contra el poder establecido, cualquier acción armada: un secuestro, un atentado mortal…  era simplemente “una ekintza”, sin más matices; y a la exigencia de dinero para “La causa” bajo amenaza se le denominaba “impuesto”. Un deslizamiento del lenguaje que se alejaba cada vez más de la realidad, tal y como la veía la mayoría de la gente.
Por su parte, desde el lado del poder -con más fuerza y más  medios- simplemente negaban la realidad. No la nombraban, tratando así de hacerla desaparecer de las conciencias. Lo que no se nombra no existe. La tortura no existe, ni los presos políticos, ni tampoco el señor x.  Y puestos a negar, pues se niega la mayor: “el conflicto no existe”.
Esta estrategia de negación -que desgraciadamente todavía se mantiene entre algunos- es quizá la mayor perversión posible del lenguaje; pues es totalmente imposible solucionar un conflicto que no existe; ni es posible tampoco abordar sus consecuencias.
El lenguaje pierde así su sentido original, y su característica más positiva: ser una herramienta para comunicarnos, para dialogar, para negociar…, y se vacía para convertirse en puro poder; en el lenguaje del poder, que es el lenguaje de la guerra.   
El día 12 de enero, haremos visible lo que el lenguaje del poder y la guerra tratan de invisibilizar. Ante las presiones expresaremos lo inexpresable. Para avanzar en la construcción de una sociedad en paz y libertad, una sociedad sin personas presas.

Juan Ibarrondo

Escritor e impulsor de la manifestación del 12 de enero.