Durante siglos, los alquimistas europeos se dedicaron a buscar un remedio que sirviera para curar cualquier enfermedad. Llamaron a semejante quimera: panacea. Huelga decir que nunca lograron su propósito.
En estos tiempos de crisis y zozobras, los empresarios de la energía, así como sus técnicos a sueldo, se estrujan las meninges buscando la panacea energética universal. Primero fue la nuclear, hasta que Chernobil y Fukushima enfriaron los ánimos de hasta sus defensores más entusiastas. Bueno, en todas partes menos aquí, donde se prorroga por 7 años la gemela burgalesa de la central nipona.